26/11/16

La intimidad urbana, la intimidad de las aceras

Entre los procesos sociales complejos de explicar existe lo que podríamos llamar “intimidad urbana” o intimidad entre las personas que se ven por las aceras de determinados barrios, que nada tiene que ver con esa intimidad curiosamente considerada más común pero menos habitual, que se da entre familiares y amigos. La intimidad urbana es la que se da entre personas que se saludan en las aceras, que se conocen y se van conociendo cada vez más, que nunca han estado en la casa de cada uno, pero que se preguntan por la salud de su padre, el nuevo trabajo del hijo, los análisis de su artrosis o un consejo sobre cualquier otro motivo.

¿Cuantos conocidos tenemos en un barrio de estas características? ¿qué tipo de cuestiones llegamos a saber de ellos, logramos hablar con ellos, en muchos casos más íntimas que con muchos familiares? Puede parecer que no es así, pero sociológicamente sabemos que sí es así. Sabemos si lo están pasando mal, si tienen un problema o una dificultada económica, si son ayudados o no por su propia familia, si necesitan un empuje o un consejo.

Este tejido social que se va conociendo del roce, de actividades de barrio, reuniones locales, de calle o de servicios, es sumamente importante para el buen funcionamiento social de los barrios. Se da sólo en algunos de ellos dentro de las grandes ciudades, es complicado de lograr, no se sabe bien lo que motiva a que estas actitudes sociales se multipliquen aunque sin duda ver a las personas hablar en las aceras funciona muy bien pues es contagioso, y tener actividades de barrio también. No es ser alcahuete, que eso es otro asunto totalmente diferente.

Esa intimidad urbana ayuda a mantener la seguridad urbana de una forma excelente. Casi nada de lo que sucede en el barrio, en las calles de su influencia, pasa desapercibido. Y si no pasa desapercibido, difícilmente sucede y se multiplica sin control. Y además logra que las aceras, las calles, la ciudad sean más amables, más humanas, más compartidas.

El simple saludo es el primer paso. Si te saludan por la calle, sabes sin decirlo que en caso de que te pasa algo, alguien te verá y te ayudará. Si caes al suelo, enfermo o por accidente, en algunas calles nadie se acercará a ver qué sucede. Seas un conocido o un desconocido. Pero en estas calles, en estos barrios, si alguien cae, sea conocido o desconocido, alguien acude a su ayuda, pues quien decide ayudar se siente arropado por muchos otros vecinos.

Hay calles donde el que pide limosna o vende ajos es conocido, el barrendero y el cartero es muy conocido. Se le ayudará o no, pero se le conoce pues forma parte de la vida del barrio. Si llega una persona nueva a pedir a una esquina o a vender fruta, a las pocas fechas se le conocerá, y si cambia cada día se sabrá. Y se tomarán medidas de observación, de control pasivo, de revisión, de decisión silenciosa muchas veces. ¿Es suficiente? Pues sin duda es necesario y en muchos casos sí es suficiente. No es un sistema de control Gran Hermano, es un sistema de autodefensa y de relación social. Donde no hay intimidad urbana, hay cámaras de seguridad para vigilarnos a todos.

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